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por Ricardo Flores Magón.
Frente a frente están las dos defensas enemigas: la barricada del pueblo y la
trinchera militar. La barricada muestra al sol su enorme mole irregular, y
parece estar orgullosa de su deformidad. La trinchera militar ostenta sus líneas
geométricamente trazadas, y sonríe de su contrahecha rival. Detrás de la
barricada está el pueblo, amotinado; detrás de la trinchera se encuentra la
milicia.
-¡Qué horrible cosa es una barricada -exclama la trinchera, y añade: ¡horrible
como la gente que hay detrás de ella!
De la barricada proceden las notas viriles de himnos revolucionarios; en la
trinchera reina el silencio.
-!Qué bien se conoce -- dice la trinchera -- que sólo gente perdida hay detrás
de ese armatoste! Yo nunca he visto que semejantes adefesios sirvan para otra
cosa que para proteger de una muerte merecida a la canalla. Gente mugrosa y
maloliente bandidos, la plebe levantisca, eso es lo único que puede abrigar una
cosa tan fea. En cambio, detrás de mi están los defensores de la ley y del
orden; los sostenes de las instituciones republicanas; gente disciplinada y
correcta; garantía de la tranquilidad pública; escudo de la vida y de los
intereses de los ciudadanos.
Las barricadas tienen amor propio, y esta no podía ser la excepción de la regla.
Siente que sus entrañas de palos, ropas, cacharros, piedras y cuanto hay, se
estremecen de indignación y con una entonación de voz en la que hay la
solemnidad de las supremas resoluciones populares y la severidad de las
determinaciones supremas del pueblo, dice:
¡Alto ahí, refugio de la opresión, reducto del crimen que estás en presencia del
baluarte de la Libertad! Fea y contrahecha como soy, soy grande porque no he
sido fabricada por gente a sueldo, por mercenarios al servicio de la tiranía.
Soy hija de la desesperación popular; soy producto del alma atormentada de los
humildes, y de mis entrañas nacen la Libertad y la Justicia.
Hay un momento de silencio en que la barricada parece meditar. Es deforme y es
bella al mismo tiempo: deforme por su construcción; bella por su significación,
Es un himno fuerte y robusto a la libertad; es la protesta formidable del
oprimido.
Las notas gallardas de un clarín, que parten de la trinchera, rompen el
silencio. Un viento de marzo barre las calles desiertas de la ciudad
insurreccionada. Rumor de armas que se entrechocan, sale de la barricada y de la
trinchera. La barricada continúa:
-Me siento orgullosa de defender el noble pecho del hijo del pueblo, y me
abriría yo misma las entrañas si el esbirro quisiera usarme para su defensa.
Una bala de cañón golpea el centro de la barricada, sin lograr abrir brecha. La
barricada entera cruje, y el crujido se parece al pujar de un coloso que hace
acopio de todas sus fuerzas para resistir una embestida. ¡Nada! Unas cuantas
astillas que saltan y brillan al sol, como chispas desprendidas de una fragua.
La barricada prosigue:
-El tirano palidece con sólo que se le mencione mi nombre, y las coronas vacilan
en las testas de los grandes bandidos cuando estoy en pie. ¿Que darías, guardia
de esbirros, por sentir detrás de ti la respiración afanosa del pueblo que lucha
por su libertad? Tú te levantas para perpetuar la opresión y la esclavitud, yo
me irgo como anuncio de reivindicación y de progreso. Soy deforme y contrahecha;
pero, para el que sufre, tengo resplandores de aurora, y de mi ser rugoso
irradia una luz que marca a los hombres el sitio del deber.
El clarín de la trinchera militar marca el toque de “atención", seguido
inmediatamente por el de "fuego". Una granizada de proyectiles golpea la pared
exterior de la barricada, haciendo saltar partículas de madera, de ladrillos, de
tepalcates. La barricada permanece en pie, resistiendo valientemente las
agresiones de la metralla, las formidables embestidas de la bala de canon y los
mordiscos furiosos de la bala de fusil. Los tambores redoblan en la trinchera
militar, y el clarín vibra rabioso percibiéndose con claridad sus notas
coléricas en medio del estruendo de las descargas, como el grito siniestro de un
ave de presa en medio de la tempestad. La barricada. puja como gigante que
recibiera un golpe de maza por la espalda en un duelo de titanes. Recobrando
fuerzas, la barricada sigue de este modo:
-¡Una barricada en cada ciudad a un mismo tiempo, y la libertad brotaría de mis
entrañas luminosas, radiante como el respiro de un volcán! Obscura como soy,
ilumino. Cuando el pobre me ve, suspira y dice: ¡al fin!
(Publicado en Regeneración (Los Ángeles, Cal.), no. 213, noviembre 20, 1915).
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